domingo, 29 de julio de 2012

La velocidad y las nubes, Apología del pasado… O del futuro.


Antiguamente, cuando las comunicaciones eran otra cosa, si te echabas novia o novio en otro pueblo, la relación se convertía en un suplicio diario de viajes y estancias que no siempre eran posibles.

Comunicarse con la otra parte era toda una aventura, donde además del azar aparecían una serie de dificultades añadidas.

Era aquél un tiempo que para hablar por teléfono, había que ir a “la telefónica”, lugar donde existían unos aparatos negros, misteriosos, tremendamente pesados dentro de una especie de cabinas separadas unas de otras con un fina maderilla, que quitaba cualquier intimidad a la conversación. Conversación, que además tenias que tener a gritos, por que la calidad del sonido de aquellos rústicos y fúnebres aparatos era peor que pésima.

Te acercabas a un mostrador, donde había una señorita (no se porque siempre eran señoritas, ni señoras ni caballeros…) y pedías “una conferencia”. Te preguntaban entonces amablemente con que pueblo o ciudad pretendías hablar (casi siempre la aventura acababa en la pretensión…) y tras proporcionar la información, te solicitaban, las más de las veces el nombre del receptor. Los números de teléfono aun no se llevaban…

La telefonista, a veces con una sonrisa en la boca y otras con bastante desagrado te anunciaba el tiempo de espera estimado, que bien podían ser unos minutos, bien unas horas, y a veces hasta unos días…

Transcurrido el plazo de espera, la señorita cantaba de viva voz ¡D.  no se quien,  su conferencia con tal sitio, en la cabina nº 2!

Te dirigías hacia un antro con aspecto de confesionario y un numero 2 enmarcado en un ovalo negro sobre blanco en la parte superior, donde tras coger un auricular que colgaba de un cable siempre negro, entelado, tenias que hablar de cara a la pared, mirando y apuntando tu voz cuidadosamente hacia una especie de protuberancia cónica que emergía del siniestro cuerpo del mágico aparato colgado en un tablero vertical y con una pequeña repisa en la parte inferior, pintada de esperas.

Decías entonces con total entusiasmo (siempre a voces, para que la telefonista no perdiera detalle) ¡Hola mi amor! Y del otro lado, te contestaba una voz cantarina…: ¡Un momento caballero! ¿Con quien quería usted hablar?

Resguardado en la ilusión del momento, volvías a repetir la identificación de tu amad@ y entonces te decían: Pues ahora le pongo, que tengo las líneas ocupadas…

Después, oías en el auricular un ruido extraño, como de mover cables y sacar y meter múltiples clavijas, que poco a poco te acercaban al objetivo…

Pasados unos minutos (o más), ya por fin sonaba el anhelado ¿Caballero, Esta usted ahí?, ¿Sigue usted ahí?... A bien, le paso su llamada…No se retire…

“¿Si?, ¿Quién es?” Magnífica pregunta, magnífica, por fin…

Entonces, podías repetirle al agujero negro de la pared, claro ahora ya con menos entusiasmo…: hola… ¿mi … Amor?

Cuando la respuesta era un ¡Hola mi niñ@, ¿Cómo estas?¡ comprendías que el final de tu aventura estaba cerca. Por fin habías conectado con ella o con el…

Se iniciaba entonces una conversación que las más de las veces te ruborizaba, siendo consciente de que tu telefonista estaba pendiente de la conversación, y con toda probabilidad la del otro extremo, permanecía atenta al trafico de ondas que ella controlaba.

A tu lado, un contador también negro, avanzaba a golpes de ¡Clack! Cada cierto intervalo y tú no le quitabas ojo mientras transcurría la amorosa conversación, haciendo cuentas mentales del pico que te iba a costar la conferencia…

Al final, con el convencimiento de que tu conversación dentro de un rato sería de dominio publico, pagabas el importe de tu tiempo de amor, y te marchabas con el corazón dando saltos de alegría.

Este momento, no se repetiría hasta muchos días después…

Esto, parece un pasado muy lejano, pero me estoy refiriendo a la España de hace muy pocos años, siempre desde la relatividad de los muchos que ya acarreo.

Otro método de comunicación que se llevaba entonces era la carta postal, que es como un e-mail, pero mucho mas lento, y donde el papel lo ponía el remitente, no el receptor. Tras escribir una carta, el tiempo que tardaría en llegar a su destino era un misterio, ¿Días?, ¿Semanas?... ¿Meses…? Y a la vuelta, otro tanto de lo mismo. Podías preguntar en una de ellas…: oye, cuéntame, tu sobrina hizo ya la comunión? Y te podían responder después de un tiempo indefinido…: Si, ya la hizo, mi sobrina en unos días se casa…

Eran otros tiempos…

Hoy, las redes, la nube, aportan una instantaneidad maravillosa, y rompen con toda la antigua problemática.

Ahora, envías un tweet, y si no recibes la respuesta en los próximos segundos, empiezas a preguntarte si no se habrá caído el servidor.

Cuelgas una cosa en Factbook y esperas a ver llegar los “me gusta”.

Envías un mail, y, cosas de la tecnología, ¡ya lo han recibido!

Fotos, videos, música, información…

Noticias, cultura, libros y pintura, todo al alcance de un click…

Definitivamente, es otro tiempo.

Hoy, conoces a tu amor en las nubes, y piensas que es un ángel celestial, cuando las más de las veces, te estas enrollando con un demonio… o al revés…

Hoy, tenemos más amigos virtuales que de carne y hueso. Conocemos a la gente por sus expresiones, no por su físico ni por la convivencia. Conocemos su avatar y su nickname, pero no conocemos su cara o sus sonrisas. Conocemos mejor sus sentimientos que el color de sus ojos.

Lo bueno parece bueno, y lo malo pinta malo, pero solo en la virtualidad de la nube, nunca sabemos que o quien tenemos del otro lado.

Todo lo virtual es relativo… Todo lo humano, necesario…

Describe Isaac Asimov en su obra un mundo extraño llamado Solaria, un mundo donde sus habitantes solo se comunican entre ellos mediante sofisticados y revolucionarios medios electrónicos, donde los solarianos padecen de una sociopatía crónica que les hace rechazar el contacto directo entre personas… Es un mundo creado por humanos, pero deshumanizado…

¿Extraño futuro?... No se…

A veces, pienso que, la exasperante lentitud de las antiguas comunicaciones, ayudaban a que el mundo fuera a una velocidad mas racional, donde todo se meditaba más, se razonaba, y te daba tiempo incluso a arrepentirte de tus palabras antes de dejarlas plasmadas en un papel de mala calidad o de expresarlas telefónicamente.

Hoy, la impronta del ser virtual es inmediata, instantánea, y por tanto más propensa al error.

El día que alcancemos el utópico viaje interestelar, donde las enormes distancias obliguen de nuevo a esas demoras del clásico correo o de las antiguas centralitas telefónicas, es probable que recuperemos ese raciocinio y de nuevo los ritmos se adapten a la vida, y no como ahora donde la vida está sujeta a los ritmos que marca la nube…

Un poco de serenidad, nos vendría bien…


Jose Ramiro, bloguero.