domingo, 19 de agosto de 2012

Paraíso


El jardín del Edén, profusamente descrito en las sagradas escrituras cristianas, es lo que conocemos como el paraíso terrenal, que debe su nombre en origen al vocablo persa “paerdís”, (cercado) que ellos utilizaban para designar grandes superficies ajardinadas, bellísimas  y que se utilizaban para el solaz de sus mandatarios o como zonas de caza, e incluían en su interior, además de árboles de todo tipo y animales en libertad, otros enjaulados para su contemplación por los visitantes, todo dentro de un paisaje de naturaleza exuberante.

Bíblicamente, describe la residencia original del hombre, donde Dios creó a Adán y le otorgó pareja, donde la raza humana inicio su andadura, y donde tomaron ser nuestros primeros padres, donde se dio origen a todos los males que hoy padecemos, donde nació la envidia y el crimen, donde se cometió el tremendo pecado capital del que aun hoy cumplimos penitencia.

Estoy convencido de que, si alguna vez existió ese paraíso terrenal, fuimos los humanos, creación divina, los que nos encargamos de destruirlo.

Hoy, seguimos en ello.

El paraíso, para el hombre, es la Tierra. Un “cercado”, amplio, si, pero que nos mantiene atados a este punto universal, donde las distancias son tan enormes que difícilmente servirá de algo cortar la alambrada que significa nuestro “único” lugar en el espacio.

Este es el verdadero paraíso, y poco a poco, pero sin pausa lo estamos destruyendo.

El crimen impera, los incendios arrasan la naturaleza, en las guerras se comenten cada momento multitud de “pecados originales” y otros que mejor no nombrar.

Contaminamos sin comprender que estamos matando el planeta, lo sobreexplotamos e invadimos todos sus rincones, perseguimos animales que se extinguen paulatinamente y nos regodeamos de ser los amos del mundo.

Hoy, la prensa trae unas declaraciones de Mahmud Ahmadineyad, el presidente de Irán, hablando del “cáncer” que significa Israel en oriente, y culpando al sionismo de todos los males de la zona e incluso del mundo entero. El ayatolá Ali Jamenei, líder supremo iraní, anima a todos los islamistas a salvar Jerusalén de la invasión judía, asegurando que Israel será borrado de la geografía mundial.

Es cierto, y no es que yo sea pro-sionista ni antisemita, ni siquiera que tenga una opinión muy formada sobre el tema, pero que la posición de Israel en la zona es más que delicada, es evidente. Es un país artificial, aunque legal, que duele en aquella zona, pero también es cierto que la situación de los palestinos es peor, y que a pesar de las múltiples resoluciones de las organizaciones internacionales, el problema sigue, y sigue, como sigue el del Sahara que un día abandonamos a su suerte, y otros muchos.

Las disputas internacionales, bien por envidias o avaricia sobre las riquezas de otros, por ansias de poder o bien por extremismos religiosos es el verdadero pecado capital que aun hoy pagamos.

Futuras guerras amenazan nuestro futuro, guerras que no serán baladíes, guerras entre extremistas capaces de destruirlo todo aunque les vaya la vida en ello. Maldades de los extremismos, que premian el “sacrificio” de sus acólitos con promesas paradisíacas más allá de la vida…

Otros dirigentes, mas tranquilos y que, al menos en apariencia, no son tan extremistas, se dedican a efectuar declaraciones más… como lo diría… más blandas… y hablan de los problemas de los bancos, del rescate de Grecia, del de España, de si abrir o cerrar el puño, de prestar o no, de si el euro se romperá o se salvará y de cómo van a cobrar los prestamistas, usureros, que solo pretenden recobrar sus dineros a intereses descalabrados.

Rajoy, tras entrar en éxtasis contemplativo en el pequeño rocío y encomendarse a los favores de la Virgen, en compañía, como no, de nuestra muy creyente Ministra Bañez, dice que es verdad, que a veces, solo se piensa en las cosas y que al final todos somos personas, con alma… Supongo que en sus oraciones, habrá pedido perdón por los pecados que está cometiendo…

Durante su mandato, sus injustos recortes, sus injustificados indultos económicos y su maltrato a la sociedad más bien demuestra que él, y sus ministros, deben ser unas cosas, no unas personas. Si es verdad que las personas tenemos alma, ellos no la tienen.

Se amparan en el poder divino para tomar decisiones, que a veces no son salomónicas, y favorecen descaradamente a algún sector que no somos la mayoría. Se entretienen en despotricar de las comunidades autonómicas olvidándose de que, como estado, son los primeros garantes de nuestro país, de sus tierras, de sus paisajes y de sus riquezas, y, como no, también de sus ciudadanos. No vale ampararse en que la culpa es de otros. Si es así, tiempo habrá de pedir responsabilidades…

El paraíso convertido en infierno, consumido por las llamas, quemado por las injusticias, sumido en el “pecado”…

Definitivamente, somos los ciudadanos, las personas con o sin alma, las que cometemos el pecado cada cuatro años, al conceder el poder supremo a gente que no la tiene, a maquinas empoderadas en el dinero, sujetas a las normas estrictas diseñadas por ellos mismos y que no se corresponden con el mandato otorgado por el pueblo...

Los verdaderos pecadores, nosotros…

Jose Ramiro, Bloguero